
Cuando se concibe una obra arquitectónica, muchas veces el vidrio es tomado como una piel que recubre la estructura de los edificios.
En este caso podemos comprender, de una manera muy directa, cómo un edificio se viste de escamas a modo de escudo para conformar su cara externa rompiendo la planimetría típica, mientras en su zona interior, una fachada totalmente acristalada se muestra desnuda al observador.
Una máscara que protege la cara exterior del edificio, en cuyas oficinas interiores alberga el trabajo diario y frenético de una gran empresa.

